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-Veamos qué pretende- toma la iniciativa Julián-. Voy a intentar parecer sospechoso.

Dicho y hecho, el madrileño se aleja del grupo en direccion al extraño. Agacha la cabeza, fingiendo querer no ser reconocido, y al pasar a su lado, le mira de reojo, inquisitivamente. El hombre deja que Julián se aleje unos metros, le da una última calada a su cigarrillo, lo arroja al río y sigue al funcionario del Tiempo.

-Documentación.- acaba demandando. Habéis hecho bien en ser prudentes, parece que os habéis topado con un agente de paisano. Julián finge desconcierto y tartamudea sin convicción, lo justo para dar a Alonso tiempo para ponerse tras el hombre y agarrarle del cuello con una presa firme. Amelia se estremece pensando en cuántas veces habrá hecho lo mismo el soldado para degollar a algún enemigo en un lejano campo de batalla, en nombre de un Imperio que ya no existe.

-¿Por qué nos está siguiendo?- interroga la líder. El hombre gorgotea, se pone rojo, luego morado, y cae sofocado por la presa de Alonso, que se encoge de hombros ante la mirada reprobatoria de su jefa.

-No parecía dispuesto a colaborar.- justifica. Julián atiende al caído.

-Va a tener un bonito dolor de cabeza cuando despierte, pero estará bien. Y la buena maña de Alonso nos da lo que necesitamos.

-Tiempo.- acaba la frase Alonso de Entrerríos. Amelia resopla.

-Parece que toda nuestra vida orbita alrededor de esa palabra.

Después de un buen chapuzón alcanzáis la pequeña isla y atravesáis la puerta, ahora bien identificada y catalogada, que minutos después de atravesarla...

 

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JULIÁN MARTÍNEZ