El ventilador colgado del techo gira imperturbable, revolviendo el aire caliente de la propia habitación, pero generando una sensación de frescor provocada por el sudor que recorre todo tu cuerpo. En el exterior sigue lloviendo y la humedad se cuela por la ventana abierta.

La habitación está totalmente a oscuras, y solo la débil luz que escupe el televisor ilumina tu figura. Te encuentras tirado en un viejo sofá, con los pies sobre una mesa baja en la que todavía están los restos de la pizza que has horneado hace un rato y un botellín de cerveza. Al lado del botellín hay un pequeño bote anaranjado con varias pastillas en su interior y al lado de este una botella de whisky escocés que has comprado esta misma tarde al volver del trabajo.

Tu compañera de casa no debería volver hasta dentro de un par de horas, así que tienes el tiempo justo. Haces clic en el mando, todavía indeciso sobre que película ver. Suspiras ante las opciones. Todas son realmente apetecibles, sin duda. Miras el vaso en tu otra mano y le das unas vueltas para que el delicioso aroma suba hasta tu nariz. Cierras los ojos y el olor a barrica de Jerez llega hasta tu cerebro, despejando todas las dudas. Hoy es una noche para ver tu película favorita. No hay duda.

Sonríes ante lo que está por venir y la seleccionas: