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Nictofobia: Noviembre y la araña de sombra

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Por Belgeval

Muy buenas a todos. Me paso por segunda vez por este, para mí, poco transitado rincón, para escribir la reseña de una obra literaria que creo que lo mínimo que merece es el tiempo que invertiré en ella. Se trata de Nictofobia: Noviembre y la araña de sombra, novela escrita por nuestro querido amigo umbriano Cusa, más conocido como Kiko León en ese universo alternativo al que se suele llamar «vida real».


Aquellos de vosotros que hayáis coincidido con Cusa, ya sea teniéndolo de compañero jugador o como director, ya sabréis de sobra que se trata de una persona de portentosa imaginación y extraordinarias dotes narrativas. Su estilo sobrio, en ocasiones crudo o incluso «clínico», es preciso como una navaja de afeitar. Nunca subestima al lector diciéndole qué debe sentir o cómo debe interpretar una situación dada, sino que se limita a hacer una narración directa, aunque sumamente detallada, para que nosotros aportemos nuestros propios sentimientos y conclusiones a la historia, formando en cierto modo parte de la misma, incluso aunque solo seamos espectadores de lo que sucede. A pesar de la riqueza de sus descripciones, siempre se rige por la máxima de «menos es más» en el plano emocional, exponiendo los acontecimientos sin que haya juicios de valor por su parte. Esto no significa ni mucho menos que su literatura sea fría, pues tiene el inesperado efecto de impactar y conmover (a veces conmocionar) mucho más al lector que si se entretuviese en calificar positiva o negativamente los sucesos de sus historias o las acciones de sus personajes. No es fácil explicar este aspecto de su narrativa, pero cualquiera que ya lo haya leído sabrá perfectamente a qué me refiero.

Y después de esta introducción general y breve a Cusa como autor, vamos a centrarnos en la obra que nos ocupa. Aviso desde ya que voy a intentar evitar toda clase de spoilers, pues el cometido de esta reseña es animar al que la lea a sumergirse en las casi trescientas páginas de Nictofobia: Noviembre y la araña de sombra sin estropearle la diversión. Es esta una novela llena de misterio, aventura, intriga y horror, filosofía y misticismo, pragmatismo y fantasía. A grandes rasgos, podría decirse que es una ambientación de ciencia ficción, que sin embargo cuenta con elementos de géneros tan dispares como thriller policíaco, cine negro, western, posapocalíptico y ciberpunk, entre otros que seguramente no acierte a mencionar. Tratar de describirla brevemente es prácticamente imposible, pero voy a hacer mi mejor intento.


Nictofobia se desarrolla en nuestro mundo, mucho tiempo en el futuro. La tierra en su totalidad está sumida en una oscuridad absoluta, perpetua y omnipresente que mata a todo aquel que no esté expuesto a alguna fuente de luz lo bastante potente. No existe la luz del día, solo una tiniebla profunda que aguarda siempre al acecho, más allá de las farolas, de los paneles luminosos y de las linternas, en los bares, en los sótanos, en las casas, en tu dormitorio, esperando al siguiente apagón para cobrarse más víctimas. Este hecho, que explicado así puede parecer relativamente trivial, adquiere un peso fundamental a medida que vamos cobrando consciencia de su importancia, de las perturbaciones que ocasiona sobre la vida de una humanidad muy menguada que se ha visto obligada a cambiar por completo su sociedad y sus costumbres, viviendo eternamente bajo el brillo de luces artificiales. Un aura de terror fatalista impregna este mundo; y sin embargo, sus habitantes sobreviven, manteniendo la esperanza de que un día la oscuridad terminará. Nuevos cultos solares conviven con chamanes, castas con distintos propósitos, facciones políticas de intereses enfrentados, clanes de nómadas que transitan los baldíos en caravanas de vehículos luminosos, fuerzas sobrenaturales desconocidas y despiadados bandidos androides en una ambientación multicultural y ecléctica sumamente compleja y entretejida.


Pese a toda esta diversidad y complejidad, Nictofobia jamás llega a abrumarnos. Cusa sabe guiarnos por sus entresijos con una maestría absoluta, revelando lo justo, poco a poco, mostrándonos cada capa de la proverbial cebolla cuando toca y no antes. Las descripciones de sus entornos y de todos los elementos del mundo, desde los más complejos hasta los más cotidianos, están descritos con detalle y precisión y con una gran capacidad de evocación, transportándonos al universo del autor con facilidad desde el primer momento. Lo que en un principio parece una historia de índole personal va convirtiéndose lentamente en una gesta épica de marcado carácter espiritual, no muy distinta de las epopeyas clásicas en las que héroes que abarcan todo el espectro moral siguen sus destinos y sus pasiones en la búsqueda sin descanso de sus sueños. Y es que no puedo dejar de mencionar al elenco de protagonistas de Nictofobia, una colección de personajes tan únicos, originales, inusuales y diferentes entre sí como la propia premisa de la novela pudiera sugerir, que solo podrían salir de la mente de alguien como Cusa. Nuevamente, quienes lo conozcan ya saben a qué me refiero.

No me gustaría terminar esta reseña sin recomendar esta novela a todo aquel que necesite un rayo de luz en estos tiempos que estamos viviendo. Puede parecer paradójico teniendo en cuenta lo tenebroso y opresivo, a veces asfixiante, de la ambientación; y sin embargo, hay algo en el modo en que los habitantes del mundo de Nictofobia se empeñan en continuar con sus vidas con la ingenuidad de niños, en mantener siempre viva la llama del recuerdo y la esperanza, y en los indicios de una realidad espiritual y trascendente que va mucho más allá de la omnipresente oscuridad, que resulta profundamente conmovedor. Una novela que tiene muchas dimensiones y que puede ser leída con ánimos y perspectivas muy diversos, y que desde luego puede aportar algo interesante a casi cualquiera.


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