Numenera es forma impasible, cruel, violenta. Su ley, la persistencia. Su aliento, silencio que abrasa. Se extiende como certeza inhumana, sin invocación ni causa. Habita cada capa del Noveno Mundo. Transforma cuanto abarca. Todo en él se vuelve necesidad. Todo en él es perpetuidad insondable.
Quien opera en contubernio traza sin interrupción el contorno de lo invisible. De su labor emergen los residuos, la fragmentación sin forma, los nombres impronunciables. Distinguir es exponer el Numenera a su umbral más crudo.
Tres sombras se precipitan sin origen: una que devora, otra que desgarra, una última que contiene. El individuo es la reverberación que confirma esa estructura. Lo más alto en él responde a lo más profundo. Según cómo se distribuya su naturaleza y aprendizaje, se configura el Numenera desde las obscuridades.
En el hueco que no se colma, se horada la oscuridad hasta volverla permeable. El deseo se preserva. Como espina hundida, opera la norma, permanece activa bajo la superficie. La transformación nace de la urgencia descarnada, de la sombra sostenida hasta el límite.
La conciencia colectiva que se abre al Numenera no requiere quicio. La compulsión que tiende a perpetrar lo establecido ha de ser instintiva, más antigua que cualquier otra norma. El alma individual exige fricción, contradicción, mutación, cambio sin permiso.
De la entropía surge un cosmos. Quien opera la gran obra debe atraer lo invisible y coagularlo. Absórbelo y permite que la conciencia lo albergue.