FRAGMENTOS DE ESTRELLAS CAÍDAS
En una era anterior a la historia, los dioses gobernaban los cielos y los hombres gobernaban el mundo. Cada cual tenía su lugar, todos permanecían ocupados, y aquello era bueno. O tan bueno como suelen ser las cosas.
Pero los dioses se volvieron numerosos, discordantes y vanidosos. Aburridos de sus reinos celestiales, descendieron a las tierras mortales para caminar entre los hombres, dictar sus vidas, disfrutar del afecto de sus adoradores y disputar entre ellos. Las disputas de los dioses se convirtieron en una guerra de dioses, y los hombres eran como hormigas, destinadas a ser aplastadas bajo sus pies.
Con el tiempo, las guerras alcanzaron tal intensidad que no habría paz hasta que los dioses destruyeran todo. Incluso los cielos. Incluso a sí mismos.
Himnos y leyendas cuentan que la batalla final comenzó con un gran y repentino silencio, cuando los dioses abandonaron sus intrigas para ascender, una última vez, y tomar partido. Durante unas pocas horas hubo una lluvia suave y truenos lejanos. Los hombres contuvieron la respiración, con los ojos alzados al cielo.
Cayó la noche. La lluvia cesó y las nubes se abrieron.
Las estrellas titilaron, en silencio. Ningún dios apareció para jactarse. Ningún dios apareció para luchar. Ningún dios apareció en absoluto.
Y en ese último momento de júbilo, los hombres vitorearon, creyendo que eran libres… creyendo que la paz había llegado. Tenían razón. Pero no de una forma que pudieran disfrutar.
Las estrellas se ondularon, el espacio se rasgó y apareció una luz horrible e hinchada. Esferas de fuego cayeron rodando — vastos globos de brillo destructivo.
El cielo había muerto, y el firmamento cayó.
Las bolas de fuego eran los restos… los reinos rotos e incandescentes de dioses, demonios y más. Salones poderosos cayeron; abismos aullantes cayeron; ciudades imposibles cayeron; el oscuro reino de la muerte cayó; el bosque sagrado cayó. Golpearon las tierras de los hombres, sumiendo el mundo en una espuma oceánica hirviente.
En un anillo roto de islas — restos chamuscados por la lava y limpiados por las tormentas — unas pocas formas de vida resistieron. En el centro de ese anillo, en el corazón de la destrucción, los restos ardientes del cielo hirvieron, se agitaron y se enfriaron hasta convertirse en tierras verdes y acogedoras: nuevas islas en un nuevo mar. Los hombres llamaron a estas islas Uresia: tumba de los dioses.
Eso fue hace mucho tiempo.
Esta partida se construye sobre la ambientación de Uresia, Grave of Heaven, publicada por S. John Ross, empleando el sistema Daggerheart.
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